Dominicus 

Los domingo me gusta comprar el periódico, aunque durante toda la semana esté al tanto de la actualidad vía digital, el último día de la semana me esfuerzo en caminar hasta el quiosco de la esquina de mi casa e intercambiar un par de frases con Pepe, el quiosquero. Hace más de dos lustros que me guarda fielmente el periódico con el dominical y es que hay costumbres que me gusta mantener vivas aunque la evolución nos empuje a su extinción. 

– ¿Qué tal Pepe? ¿Alguna novedad en el frente? Pregunto mientras cierro el paraguas dentro del toldo que cubre su género. 

– ¡Hombre Antonio! No te esperaba, con el día de perros que hace pensé que no saldrías de casa. 

– Si son cuatro gotas. ¿Tienes lo mío?

– Por supuesto. Aquí tienes. 

– ¿Te debo algo Pepe?

– No, todavía queda saldo de los últimos veinte euros que me adelantaste. – Apunta en su cuaderno de anillas la entrega de hoy como un camello que fía a sus clientes más selectos.  

Echo una ojeada a la portada antes de resguardar la compra debajo de la gabardina, que por casualidades de la vida no guardé en el trastero, y dirigirme a desayunar a Dabor. El frente Polisario vuelve a las escaramuzas en el muro de la vergüenza en la parte Argelina, un reportaje sobre Epidermólisis Bullosa, un largo editorial sobre los silbidos al himno en la final de la Copa del Rey de fútbol y la lucha contra el tabaquismo. Creo que tenemos material mientras se enfríe el café que Amalia se empeña en poner ardiendo los días de lluvia. Dani cierra los domingos, ya trabaja suficiente de lunes a sábado como para aguantar a domingueros que piden un café sin sol y sombra. 

La cafetería Dabor es una mezcla de pastelería, panadería y lugar de encuentro de la gente del barrio. Estuvo cerrada hace un mes por un robo, se llevaron la recaudación de las tragaperras y poco más, pero dejaron un poso de miedo que difícilmente sanará si no es con tiempo y con una alarma de las de cien euros al mes. 

Mi mesa pegada a la ventana está vacía, con lo que me dirijo directo a ella, Amalia al verme se dispone a elaborar mi desayuno habitual, tostada ancha con mantequilla y azúcar, descafeinado de máquina en vaso largo y zumo de naranja natural. Entre tanto abro el noticiario por la página de Internacional. 

– “El Frente Polisario exige a la MINURSO que abogue por la protección de los derechos humanos en el conflicto del Sáhara Occidental”. – Más de lo mismo, pienso mientras sigo leyendo la noticia al completo. Mientras, el Reino Marroquí prosigue expoliando los recursos naturales de la zona, entre otros, los mayores yacimientos de fosfatos del mundo en Bu Craá, descubiertos por el geólogo español Manuel Alía Madina y por los que Hassan II tuvo tanto interés en anexionar el territorio a su Reino con el beneplácito de Estados Unidos. 

Y es que con estas cosas se me abren las carnes. Amalia ya que ha dejado el desayuno número tres encima de la mesa, el café está para que vengan los bomberos y la tostada para sacar dos normales con un corte longitudinal, pero un día es un día. Vuelvo a pensar en ese pueblo saharaui desplazado lejos de su tierra por los intereses económicos y políticos de unos pocos, y claro, conflictos hay en todo el mundo pero tirando un poco de historia, el Sáhara Occidental sigue bajo la administración española de iure después de la descolonización africana y los ilegales Acuerdos de Madrid del 75. Tanto Juan Carlos I como Felipe VI han preferido mirar a otro lado, debe ser que la dinastía Alauita y la de los Borbones están hermanadas por algún negocio que no sabemos ya que por sangre difícil, si no es la de los refugiados que intentan volver a sus tierras y son desmembrados por una mina antipersona en el muro de la vergüenza. 

Con media tostada asentada en el estomago, paso página y abordo un reportaje sobre la Epidermólisis Bullosa o piel de mariposa, un trastorno genético que produce heridas, quemaduras o ampollas al menor roce de la piel. El reportaje cuenta la rutina de un niño de diez años con esa enfermedad y algo tan normal para nosotros como desayunar una tostada con un café templado y un zumo de naranja, para él es una quimera, es como si nosotros engullésemos una tostada de cristal con trocitos de espejos y clavos por encima y para beber un poco de ácido de batería ardiendo. Tarda al menos tres horas con la ayuda de su madre en quitarse las vendas del día anterior, darse el baño y volver a colocar las gasas a su cuerpo. En el proceso se le saltan las lágrimas del dolor pero no llora, lo tiene tan asumido que su cuerpo reacciona a esos estímulos sin el elemento psicológico asociado. 

Me paro al leer esta frase. “Se le saltan las lágrimas pero no llora”. La dureza del significado me encoge el estomago y no soy capaz de terminar el desayuno. Pago la cuenta y aprovecho un momento de esclarecimiento del cielo para ojear la siguiente parte del dominical mientras vuelvo a casa paseando. 

Una ofensa a la nación, un insulto a la patria y el hazmereír del mundo. Se referencia en el editorial al capitán de uno de los equipos, el mismo expresa que si se pita el himno hay que respetarlo, libertad de expresión argumenta y todas esas patrañas. Y claro, como todo en la vida, depende del lado del río desde el que lo miras. Para él, el fraude a la Hacienda Pública de uno de sus compañeros es acertado, es el Robin Hood Argentino-Catalán moderno pero sin repartir entre los pobres. Me detengo ante una parada de autobús y veo un anuncio de una cadena televisiva publicitando la temporada 2015/2016, dentro de ella un niño con su padre vestidos ambos con el chandal del Real Madrid, eso si, para volver a sus casas no tendrán que poner en riesgos sus piernas. Qué hacemos mal me pregunto mientras cierro el periódico, lo doblo por la mitad y lo inserto en el hueco entre mi brazo y mi costado. Prosigo andando dándole vueltas al asunto, estamos anestesiados ante los problemas importantes del mundo, mientras que no seamos los afectados directos no reaccionamos. Cruzo la calle y una caudrilla de peones se disponen a comenzar la jornada de trabajo, un festivo y trabajando me pregunto, miro a lo alto de una farola y el banderín rojo me explica el porqué de los arreglos de calzada. Alargo la vuelta a casa dando un rodeo e intentando no pisar los charcos que se han producido con la tormenta, lo único abierto a estas horas de un domingo son las cafeterías. La gente se amontona en las puertas echando humo, con el café con leche en una mano y el veneno en la otra. Ni se hablan, absorben y expulsan con la fuerza de un aspirador industrial, seguro que han dejado una conversación a medias en la mesa para dar de comer al bicho que llevan dentro. No soporto esa estampa, mesas de amigos o familiares compartiendo una conversación interesante y el momento en el que algunos se levantan para ejercer una de las acciones más estúpidas de la vida. Te preocupas por mantenerte vivo y cada calada te resta un minuto de tu vida. Pido una manzanilla y leo en voz alta la última sección de la portada del periódico comentando con los paisanos de la entrada cada una de las ideas o datos que soportan la exposición del reportaje. 

– El tabaco es la primera causa de muerte e invalidez en el mundo -. Sigo recitando como si estuviese dando un mitin. 

– En España mueren cada año cincuenta mil personas a causa del tabaco.

La gente no reacciona, necesito una ofensiva más personal y escojo al siervo de la nicotina que acaba de salir. 

– ¿Sabes que cada calada que le das a ese cigarro es un minuto de vida menos?

– Pues no, pero me da igual. De algo hay que morir. Me responde resuelto. 

– Joder, pues cuando tengan que operarte por alguna enfermedad o tengan que darte las sesiones de quimioterapia por el tumor en el pulmón, espero que rehuses al tratamiento y le digas a los médicos y a tu familia que de algo hay que morir -. Da una calada más y tiene la deferencia de expulsar el humo lejos de mi radio de aspiración. 

– A lo mejor muero de un accidente antes. 

– Pues prueba a cruzar una autopista andando por la noche. Mas o menos es lo que estás haciendo ahora. 

– Es que me gusta fumar -. Sentencia con el pitillo a medias. 

– ¿Me estás diciendo que te gusta oler mal, ya no solo el pelo y la ropa sino también el aliento, tener amarillos los dientes, gastarte cinco euros al día, pasar calor en verano y frío en invierno, restar entre cinco y siete años tu vida dejando de estar con tu mujer, hijos o nietos, simplemente porque te gusta? Clavo mi mirada en sus ojos. 

Le dejo por imposible y sigo leyendo en alto. 

– El tabaco en Europa provoca más de un millón de muertes al año.  

En ese mismo momento aparca un hombre enfrente nuestro, con el cigarro en la mano izquierda. Sale del coche y abre las puertas traseras para desatar a sus dos hijos de los cinturones de seguridad. Se dirigen al bar y cuando pasan le pregunto a mi conversador si le parece bien esa acción. 

– Mis padres han fumado toda la vida en el coche y a mí no me ha pasado nada. 

– ¿Nada? Sólo que te has enganchado al tabaco como ellos. 

Dejo uno cincuenta en la mesa y marcho a casa. A ver que misiones me tiene preparadas Maitane. 

Entro sigiloso y todo está tranquilo, se oye el rumor de la televisión con un programa de zapping en el salón y el aire corre debido a la apertura de ventanas para la ventilación integral de la casa. 

– ¡Antonio! ¿Te habías perdido? Me pregunta inquisitivamente. 

– No, estuve haciendo una labor social con un fulano en el bar. Me pareció mejor idea que ir a Misa. 

– Pues sigue con labores sociales y tiende la lavadora por favor. Contesta con guasa. 

– Va a llover otra vez, lo tiendes tú luego cuando escampe definitivamente. 

– No, pon la secadora que para eso estamos en el siglo veintiuno. 

Joder, grazno para mis adentros, a lo mejor el fumador del bar se hacía la cuenta que por cada cigarro que fuma un tendedero menos que tiende. 

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