Dominicus 

Los domingo me gusta comprar el periódico, aunque durante toda la semana esté al tanto de la actualidad vía digital, el último día de la semana me esfuerzo en caminar hasta el quiosco de la esquina de mi casa e intercambiar un par de frases con Pepe, el quiosquero. Hace más de dos lustros que me guarda fielmente el periódico con el dominical y es que hay costumbres que me gusta mantener vivas aunque la evolución nos empuje a su extinción. 

– ¿Qué tal Pepe? ¿Alguna novedad en el frente? Pregunto mientras cierro el paraguas dentro del toldo que cubre su género. 

– ¡Hombre Antonio! No te esperaba, con el día de perros que hace pensé que no saldrías de casa. 

– Si son cuatro gotas. ¿Tienes lo mío?

– Por supuesto. Aquí tienes. 

– ¿Te debo algo Pepe?

– No, todavía queda saldo de los últimos veinte euros que me adelantaste. – Apunta en su cuaderno de anillas la entrega de hoy como un camello que fía a sus clientes más selectos.  

Echo una ojeada a la portada antes de resguardar la compra debajo de la gabardina, que por casualidades de la vida no guardé en el trastero, y dirigirme a desayunar a Dabor. El frente Polisario vuelve a las escaramuzas en el muro de la vergüenza en la parte Argelina, un reportaje sobre Epidermólisis Bullosa, un largo editorial sobre los silbidos al himno en la final de la Copa del Rey de fútbol y la lucha contra el tabaquismo. Creo que tenemos material mientras se enfríe el café que Amalia se empeña en poner ardiendo los días de lluvia. Dani cierra los domingos, ya trabaja suficiente de lunes a sábado como para aguantar a domingueros que piden un café sin sol y sombra. 

La cafetería Dabor es una mezcla de pastelería, panadería y lugar de encuentro de la gente del barrio. Estuvo cerrada hace un mes por un robo, se llevaron la recaudación de las tragaperras y poco más, pero dejaron un poso de miedo que difícilmente sanará si no es con tiempo y con una alarma de las de cien euros al mes. 

Mi mesa pegada a la ventana está vacía, con lo que me dirijo directo a ella, Amalia al verme se dispone a elaborar mi desayuno habitual, tostada ancha con mantequilla y azúcar, descafeinado de máquina en vaso largo y zumo de naranja natural. Entre tanto abro el noticiario por la página de Internacional. 

– “El Frente Polisario exige a la MINURSO que abogue por la protección de los derechos humanos en el conflicto del Sáhara Occidental”. – Más de lo mismo, pienso mientras sigo leyendo la noticia al completo. Mientras, el Reino Marroquí prosigue expoliando los recursos naturales de la zona, entre otros, los mayores yacimientos de fosfatos del mundo en Bu Craá, descubiertos por el geólogo español Manuel Alía Madina y por los que Hassan II tuvo tanto interés en anexionar el territorio a su Reino con el beneplácito de Estados Unidos. 

Y es que con estas cosas se me abren las carnes. Amalia ya que ha dejado el desayuno número tres encima de la mesa, el café está para que vengan los bomberos y la tostada para sacar dos normales con un corte longitudinal, pero un día es un día. Vuelvo a pensar en ese pueblo saharaui desplazado lejos de su tierra por los intereses económicos y políticos de unos pocos, y claro, conflictos hay en todo el mundo pero tirando un poco de historia, el Sáhara Occidental sigue bajo la administración española de iure después de la descolonización africana y los ilegales Acuerdos de Madrid del 75. Tanto Juan Carlos I como Felipe VI han preferido mirar a otro lado, debe ser que la dinastía Alauita y la de los Borbones están hermanadas por algún negocio que no sabemos ya que por sangre difícil, si no es la de los refugiados que intentan volver a sus tierras y son desmembrados por una mina antipersona en el muro de la vergüenza. 

Con media tostada asentada en el estomago, paso página y abordo un reportaje sobre la Epidermólisis Bullosa o piel de mariposa, un trastorno genético que produce heridas, quemaduras o ampollas al menor roce de la piel. El reportaje cuenta la rutina de un niño de diez años con esa enfermedad y algo tan normal para nosotros como desayunar una tostada con un café templado y un zumo de naranja, para él es una quimera, es como si nosotros engullésemos una tostada de cristal con trocitos de espejos y clavos por encima y para beber un poco de ácido de batería ardiendo. Tarda al menos tres horas con la ayuda de su madre en quitarse las vendas del día anterior, darse el baño y volver a colocar las gasas a su cuerpo. En el proceso se le saltan las lágrimas del dolor pero no llora, lo tiene tan asumido que su cuerpo reacciona a esos estímulos sin el elemento psicológico asociado. 

Me paro al leer esta frase. “Se le saltan las lágrimas pero no llora”. La dureza del significado me encoge el estomago y no soy capaz de terminar el desayuno. Pago la cuenta y aprovecho un momento de esclarecimiento del cielo para ojear la siguiente parte del dominical mientras vuelvo a casa paseando. 

Una ofensa a la nación, un insulto a la patria y el hazmereír del mundo. Se referencia en el editorial al capitán de uno de los equipos, el mismo expresa que si se pita el himno hay que respetarlo, libertad de expresión argumenta y todas esas patrañas. Y claro, como todo en la vida, depende del lado del río desde el que lo miras. Para él, el fraude a la Hacienda Pública de uno de sus compañeros es acertado, es el Robin Hood Argentino-Catalán moderno pero sin repartir entre los pobres. Me detengo ante una parada de autobús y veo un anuncio de una cadena televisiva publicitando la temporada 2015/2016, dentro de ella un niño con su padre vestidos ambos con el chandal del Real Madrid, eso si, para volver a sus casas no tendrán que poner en riesgos sus piernas. Qué hacemos mal me pregunto mientras cierro el periódico, lo doblo por la mitad y lo inserto en el hueco entre mi brazo y mi costado. Prosigo andando dándole vueltas al asunto, estamos anestesiados ante los problemas importantes del mundo, mientras que no seamos los afectados directos no reaccionamos. Cruzo la calle y una caudrilla de peones se disponen a comenzar la jornada de trabajo, un festivo y trabajando me pregunto, miro a lo alto de una farola y el banderín rojo me explica el porqué de los arreglos de calzada. Alargo la vuelta a casa dando un rodeo e intentando no pisar los charcos que se han producido con la tormenta, lo único abierto a estas horas de un domingo son las cafeterías. La gente se amontona en las puertas echando humo, con el café con leche en una mano y el veneno en la otra. Ni se hablan, absorben y expulsan con la fuerza de un aspirador industrial, seguro que han dejado una conversación a medias en la mesa para dar de comer al bicho que llevan dentro. No soporto esa estampa, mesas de amigos o familiares compartiendo una conversación interesante y el momento en el que algunos se levantan para ejercer una de las acciones más estúpidas de la vida. Te preocupas por mantenerte vivo y cada calada te resta un minuto de tu vida. Pido una manzanilla y leo en voz alta la última sección de la portada del periódico comentando con los paisanos de la entrada cada una de las ideas o datos que soportan la exposición del reportaje. 

– El tabaco es la primera causa de muerte e invalidez en el mundo -. Sigo recitando como si estuviese dando un mitin. 

– En España mueren cada año cincuenta mil personas a causa del tabaco.

La gente no reacciona, necesito una ofensiva más personal y escojo al siervo de la nicotina que acaba de salir. 

– ¿Sabes que cada calada que le das a ese cigarro es un minuto de vida menos?

– Pues no, pero me da igual. De algo hay que morir. Me responde resuelto. 

– Joder, pues cuando tengan que operarte por alguna enfermedad o tengan que darte las sesiones de quimioterapia por el tumor en el pulmón, espero que rehuses al tratamiento y le digas a los médicos y a tu familia que de algo hay que morir -. Da una calada más y tiene la deferencia de expulsar el humo lejos de mi radio de aspiración. 

– A lo mejor muero de un accidente antes. 

– Pues prueba a cruzar una autopista andando por la noche. Mas o menos es lo que estás haciendo ahora. 

– Es que me gusta fumar -. Sentencia con el pitillo a medias. 

– ¿Me estás diciendo que te gusta oler mal, ya no solo el pelo y la ropa sino también el aliento, tener amarillos los dientes, gastarte cinco euros al día, pasar calor en verano y frío en invierno, restar entre cinco y siete años tu vida dejando de estar con tu mujer, hijos o nietos, simplemente porque te gusta? Clavo mi mirada en sus ojos. 

Le dejo por imposible y sigo leyendo en alto. 

– El tabaco en Europa provoca más de un millón de muertes al año.  

En ese mismo momento aparca un hombre enfrente nuestro, con el cigarro en la mano izquierda. Sale del coche y abre las puertas traseras para desatar a sus dos hijos de los cinturones de seguridad. Se dirigen al bar y cuando pasan le pregunto a mi conversador si le parece bien esa acción. 

– Mis padres han fumado toda la vida en el coche y a mí no me ha pasado nada. 

– ¿Nada? Sólo que te has enganchado al tabaco como ellos. 

Dejo uno cincuenta en la mesa y marcho a casa. A ver que misiones me tiene preparadas Maitane. 

Entro sigiloso y todo está tranquilo, se oye el rumor de la televisión con un programa de zapping en el salón y el aire corre debido a la apertura de ventanas para la ventilación integral de la casa. 

– ¡Antonio! ¿Te habías perdido? Me pregunta inquisitivamente. 

– No, estuve haciendo una labor social con un fulano en el bar. Me pareció mejor idea que ir a Misa. 

– Pues sigue con labores sociales y tiende la lavadora por favor. Contesta con guasa. 

– Va a llover otra vez, lo tiendes tú luego cuando escampe definitivamente. 

– No, pon la secadora que para eso estamos en el siglo veintiuno. 

Joder, grazno para mis adentros, a lo mejor el fumador del bar se hacía la cuenta que por cada cigarro que fuma un tendedero menos que tiende. 

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Hola

 

En su segunda acepción significa; denotar extrañeza, ya sea placentera o desagradable. Y es que los pijos son así, exprimen las palabras o expresiones que les diferencian del resto de la plebe, obligando en muchas ocasiones a los catedráticos de la rae a subir o bajar los significados de los vocablos a modo de ranking de canciones semanales. 

Y en ese punto estamos, comprando los regalos de las herederas en un centro comercial frecuentado por personas que usan la segunda acepción de la palabra “hola”.
Después de pasar por mi lado como una hiena, poniendo la barbilla en el hombro viendo como cada vez se agrandan más la jauría de leonas que le iban a dar caza y adelantarla en la cola de pago. Vomité el exabrupto que concatenó los acontecimientos que me dispongo a relatar. 
– Me cago en tu puta madre. Me salió del alma el improperio. 
La mujer entradita en años como en kilos, se me queda mirando como si un aire del polo norte le hubiese borrado las neuronas que trabajan en el Departamento que Comunicación. 
– ¡Hola! Reaccionó por un instante expeliendo la palabra clave. 
– Buenas tardes. Contesto raudo. 
La mujer me mira sin que le hayan llegado los servicios mínimos al cerebro. 
Yo la miro y durante unos segundos nos escudriñamos a conciencia. 
– Disculpa, ¿hablas español? 
– Sí. Me contesta extrañada nuevamente. 
– Entonces. ¿eres subnormal?
Se aleja de mi radio de acción, disimulada, sin fiarse de una persona con pocas habilidades sociales y que se enorgullece de ello dependiendo del foro. 
– Antonio, ¿qué ha pasado? Llega Maitane con varias prendas colgadas de sus brazos. 
– Que la hijaputa de la señora me ha empujado y casi me tira. 
– Tengamos la fiesta en paz por favor. Sentencia acompañando su verbo de una mirada demoledora. 
– Esto nos pasa por venir a este centro comercial. Explico al aire. 
Busco un lugar apartado que me permita agotar las cinco vidas del Candy Crush e intentar pasar la pantalla cuatrocientos diez de una jodida vez. Pero es imposible, una decena de niños ocupan cualquier rincón de la zona infantil de la tienda mientras sus madres combinan las prendas de diferente estands. Una niña de cinco años me mira de soslayo, se pone a jugar con su hermano pero no pasan unos segundos cuando vuelve a buscar mis ojos en la distancia. La respuesta a su curiosidad es una mirada fija con gesto de pandillero juvenil incorporado, que hace reaccionar a la niña agarrando la pierna de su progenitor a modo de salvavidas y a la vez de bastión de protección. El padre se da cuenta del movimiento de su alfil y me caza con el rictus endemoniado todavía fresco. 
– Alégrame el día. Musito entre dientes. 
Parece ser que tengo suerte y topo con un aprendiz de Liam Neeson en sus últimas entregas cinematográficas. 
– ¿Le pasa algo con mi hija? Me pregunta yendo al grano del asunto. 
– ¿Está seguro que es su hija? Aguanto la mirada como un valiente. 
Pliega velas sin decir adiós. Y es que otro elemento igualador de los pijos es su aversión al riesgo. Son valientes en manada o contra otro pijo de similares características. Con el resto agachan la cerviz, supongo porque pensarán que tienen más que perder. 
Salgo de la tienda no sin antes pedir permiso a mi santa. Ella me lo concede a regañadientes, porque aunque esté deseando quedarse sola para comprar a sus anchas, ella tiene que hacer ver que tu acción le supone algún contratiempo que luego usará de moneda de cambio cuando se plantee la ocasión precisa. 
Voy directo a una de las puertas principales a que me de la brisa de esta primavera recién estrenada y es que como diría mi abuela Luz, cuando marzomayea…
Una legión de güolquindé se agolpan en la puerta para la dosis de nicotina. Copio una conversación, me quedé sin vidas del Candy hace un rato y no tengo otra cosa mejor que hacer. 
– ¿Le dijiste a Jacobo que estaríamos por aquí o no?
– Hola! Lo puse en el grupo de güasap en el que tú estás. ¿No lo viste?
– ¿Perdona? ¿En serio?
– Y tanto, mira. Por allí viene. 
Corrijo la dirección de mi mirada con la posición de la cabeza de las dos chiquillas en edad de merecer. A lo lejos se ve un semental de niño rico. Alto, pelo liso con un flequillo que le tapa un ojo como un corsario mediterráneo, vaqueros desgastados, ajustados y pesqueros, que dejan ver los tobillos de jilguero que soportan su estructura ósea. El paisano no escribía su edad con un dos al inicio, pero su maestría en la situación se dejó notar nada más llegar. 
– Princesas, ¿lleváis mucho tiempo esperándome? Resuelto y dando dos besos a cada una de las hembras hace su entrada. 
– Un poco, pero estábamos hablando de nuestras cosas. Se ríen a la par. 
– Tú debes ser Jacobo, ¿no?
Los tres se giran a la vez y me miran sorprendidos. 
– Te cuento lo que estaban hablando. Sus cosas son que a la que te despistes te hacen la envolvente. Están como locas por sentir tu lengua inspeccionar sus bocas y creo, qué coño creo, te aseguro, que tienes altas posibilidades de gestionar un trio esta misma noche si no eres muy torpe. 
– Hola! Consigue decir una de ellas. 
El chaval se ríe condescendientemente y cambia el chip. Su objetivo ha cambiado y no tiene tiempo que perder en su abordaje. 
Avanzo hacia las escaleras para aplastar mi culo en un escalón. Cansado de esperar me pongo un tope. Si en quince minutos Maitane no termina las compras, accionó la alarma de incendios. Ya pasaron treinta minutos desde mi ultimo intento y el señor Candy me permite una partida más. El emplazamiento es ideal, el sol está bajo y hay suficiente luz sin deslumbrar, lejos de cualquier foco de ruido, activo la partida. Sin saber cómo, engancho una bola de chocolate con un caramelo rayado y me quedan más de treinta movimientos para romper poco menos de veinte gelatinas. Esto marcha pienso para mis adentros mientras mi pulso se acelera, llevo un par de meses para pasar el dichoso nivel y parece que ésta será la buena. Cuando de pronto la pantalla no responde, alarma, una gota de sudor frío cae por mi espalda hasta que se resuelve la incógnita. Llamada entrante de número desconocido. 
– Sí, dígame. 
– Buenas tardes, el señor Giménez. 
– Al aparato. 
– Le llamo de crédito directo. Tendría unos minutos. 
– Perdone, le oiga entrecortada. A lo mejor tengo poca cobertura. 
– No se preocupe, estoy comiendo patatas fritas. 
– Así te atragantes hijaputa. 
Cuando cuelgo, la pantalla no me recupera la partida y me siento iracundo. Me levanto con brío y entro por la puerta principal traspasando una humareda que bien podía ser el atrezzo de un concierto de Kiss. Avanzo por el pasillo que me dirige a la tienda donde dejé a Maitane mirando a derecha e izquierda por si antes de llegar encuentro la alarma contra incendios. Al recuperar el horizonte veo caras conocidas, el hombre de dudosa paternidad junto con la mujer que me atropelló al principio de la tarde y una de las concubinas de Jacobo. Empiezo la hiperventilación, sujeto mi espalda a una pared sin saber cómo he llegado hasta allí.  Giro la cabeza hacia el pasillo y a distancia de dos brazo un cajetín rojo. Podría actuar de reinicio del sistema operativo, me arrastro como puedo hacia él y cuando la decisión ya había sido tomada por el centro de operaciones de mi cabeza, una mano en mi hombro me tranquiliza. 
– ¡Maitane! 
– Cariño, bebe un poco de agua y vámonos a casa que ya he terminado. Extiende su botella quitando el tapón en el mismo movimiento.  
– No me hagas más esto. Por favor te lo pido. 
– Tranquilo Antonio. 
– ¿Qué vamos a cenar?
– Acabo de invitar a mis padres a casa, dicen que ellos traen la cena. 
– ¿En serio?
– O no. 

Cine

Creo que lo más sano que he comido estas navidades han sido las doce uvas sin pipos de nochevieja, y eso que alcohol poco o nada, me propuse no pagar un taxi en estas fiestas uniéndome a los profesionales del volante que están explotados. Porque claro, si no trabajas quieres trabajar, pero si trabajas mucho te explotan. Es como querer cagar pero sin que se dilate el ojete, harto complicado que diría el literato. Pero volviendo a la gastronomía navideña, dejé de lado el turrón, el roscón prematuro de Sus Majestades y las comidas del veinticinco y año nuevo. El día uno del presente curso me levanté más allá del mediodía, preparé un zumo de naranja a modo de purga que Maitane me agradeció con los ojos cerrados y bebiendo a tientas. De esos lodos estos barros, desayunando a la una comiendo a las seis, y gracias a que los explotadores del Vips hicieron trabajar a unos cuantos empleados…
– ¿Maitane, le vas a dejar cuatro euros de propina? ¿Estamos locos?
– Pobre, está trabajando un festivo.
– Joder, ¿pero no dices que si tienes trabajo eres afortunado? Digo yo que se lo pagarán.
– Se los dejo y punto. Además nos ha atendido de maravilla.
– Nos ha jodido, estamos solos en el restaurante.
Agarro el abrigo y salgo dando saltitos con el culo a lo largo del banco almohadillado en donde me incrusté para satisfacer los deseos de mi querida mujer. Todos los demás sitios el chorro de calefacción caía a plomo menos en la mesa más angosta de la sala.
– Ya vas torcido Antonio, relájate que acabas de empezar el año. Maitane me consuela pasándome la mano por el lomo como si fuera un animal poco peligroso.
– ¿Vamos al cine, cariño? Propongo ilusionado aprovechando el pesar que aflige su conciencia.
– ¿Qué quieres ver?
La pregunta me concede el capricho.

La cola de las taquillas serpentea más de cinco curvas, tiempo estimado diez minutos y la película que finalmente elegimos, digo eligió, empieza en menos de veinte.
– Maitane o nos colamos o no llegamos.
– Que siiii, no seas plasta.
Observo una pareja de jóvenes que no son capaces de negociar la película que verán en el tiempo de espera de la cola y que en el mismo mostrador de la venta aún siguen sin saber qué ver. Me cago en sus huevos cuadrados, tan difícil es decir que sí a la primera que no sea una comedia romántica. Esta generación y sus igualdades, de toda la vida ella elige y tú pagas.
– No llegamos. Repito de nuevo esta vez más nervioso que la anterior.
Maitane no me hace ni puto caso y se afana en encontrar los descuentos que nos dieron la última vez que vinimos por aquí. Resuelto a aligerar la espera, toso para aclarar la voz.
– Maitane no fue en la sala doce donde dijo Juan que hubo un brote de fiebre chikungunya el mes pasado.
– ¿Qué dices? Eso fue en el ala este del cine y la sala doce está en la oeste.
– Ah, coño, entonces fue de la sala uno a la once. Menos mal añado resoplando.
Dos familias con niños que iban a ver Big Hero 6 desaparecen doblando el espinazo para atravesar el cordón que delimita la cola.
– Hala, ahora nos dará tiempo a ver los tráilers. Bien hecho.

Sin tiempo para comprar palomitas ni ganas que tenemos, entramos por el pasillo enmoquetado de la doce con la pantalla todavía en blanco. La fila nueve tiene tres asientos vacíos en el centro, algo que no me cuadra, pero con sentarnos en nuestros números no debe haber mayor problema. Al llegar a la altura de las butacas, los números están borrados y para más inri, se apagan las luces en el momento que iba a comprobar el número del mismo asiento de la fila de arriba. Enciendo la linterna de mi móvil y de poco sirve, los números también están borrados, con lo que para no seguir molestando nos aplastamos en dos de las tres butacas libres y que sea lo que dios quiera.
Una niña de no más de doce años se encuentra acomodada entre el sitio vacío y yo, y digo acomodada porque está descalza, con los pies cruzados en el asiento, con una cangilón de refresco de cola y un tanque de palomitas. Entre nosotros la mitad de los abrigos de la caterva a la que pertenece. Cinco mujeres donde entiendo que ella es la última generación y las demás su hermana, madre, tía y abuela. Comienzan los tráilers y observo a los enfermos del Candy Crush apurando la vida en juego antes de apagar el teléfono definitivamente, los cuchicheos prosiguen aunque en un tono algo más bajo y los últimos espectadores suben por ambas escaleras con cara de tontos y las linternas encendidas sin saber donde apuntar.
– Antonio, a ver qué tal está el trailer de la peli de Brad Pitt y venimos la semana que viene otra vez.
– Sssshhhh, a lo mejor no lo ponen hoy. Contesto en frecuencia modulada.
– Seguro que sí, ya verás.
– Ya veremos dijo un ciego… y nunca vio.
Ni que Maitane fuera bruja, algo que empiezo a sospechar, irrumpe en la pantalla un Brad que sí pasó las navidades echando todo lo que caía en sus manos al aro. Algo turba mi concentración. Por mi flanco izquierdo aparece una pareja equilibrada en estatura pero no en contorno abdominal. Dos personas y un asiento libre mala combinación.
– Perdonad, ¿qué asientos tenéis? Pregunta la mujer educadamente.
– Uno y tres, pero no se veían los números y nos hemos sentado aquí.
La cara de desaprobación de la mujer me hizo sentir un chapucero. Debe ser registradora de la propiedad u otro oficio donde la rigurosidad sea imprescindible para la buena praxis del oficio e hizo lo que debimos haber hecho nosotros, preguntar a los chicos de la fila de abajo.
– ¿Qué asientos son los vuestros?
– Cinco y siete contesta sin pestañear el vecino de abajo.
La mujer nos mira sin articular palabra.
– Si estos son el cinco y el siete, los nuestros son el libre y el de la niña de doce años.
Me levanto y me dirijo al adulto más cercano del grupo. Les explico la situación y miran a su izquierda donde hay un sitio libre donde tienen el resto de abrigos de la manada. Con pesadez permutan un lugar a su izquierda y conseguimos estar colocados como dios manda.
– Hala, a ponerse el abrigo en el mondongo para que no cojan frío. Mascullo entre dientes.
Cuando me quiero dar cuenta ha terminado el trailer de la peli de Brad y soy consciente que tendré que verla sin saber con certeza sobre lo que va. Me cago en la puta madre que parió a la abuela de la niña.
Comienza la película sin más preámbulos posibles, con el último aviso de apagado de celulares como se refieren a los aparatos los del otro lado del charco. La primera imagen en la pantalla es una frase lapidaria. “PELICULA NO RECOMENDADA A MENORES DE DOCE AÑOS”. Jodido estoy, pienso en el lenguaje del maestro Yoda, debe ser que hay algún virus cinematográfico en el aire de la sala y no el chikungunya.
La película lenta en el inicio empieza a dejar sutiles señales que seguramente en el último tercio de película el director recurra a ellas para el desenlace final. En esta fase la niña comienza a preguntar a su madre el significado de dichas señales.
La madre en lugar de reducir las frases para molestar lo menos posible le da la versión extendida de la explicación. Es como ver una película para ciegos, subtítulos en audio. La niña cuando no preguntaba, chupaba un tubo donde en contenido iba mermando con cada succión.
– Ssssshhhhh! Se escucha desde una asiento en el área de acción del sonido de las explicaciones de la madre.
– Normal, que poca educación. Reniego acomodándome una vez más en la butaca.
La película sigue y las explicaciones no cesan. Mi calderín comienza a emitir los primeros signos de estallido.
– Mamá! ¿Por qué echan un liquido verde en el mar cuando pasa el avión por encima de ellos?
– Para que les vea el avión y los rescate.
– Mamá! ¿Por qué tienen granos en la cara y están rojos?
– Porque no se pueden proteger del sol y así como se te pone la piel cuando no usas crema del factor adecuado…
Maitane me agarra de la mano y me pide calma con su mirada, sabe que mi pulso se aceleró hace tiempo y que es cuestión de tiempo que los garbanzos estén blandos y el calderín empiece a pitar. Parece que se calma la cosa cuando llega uno de los momento mas emotivos de la película. El protagonista participa en los cinco mil metros lisos de los Juegos Olímpicos de Berlín y a falta de dos vueltas va en la cola del segundo grupo, en ese instante se acuerda de su hermano, aprieta los dientes y comienza a remontar. Hace una de las últimas vueltas más rápidas de las finales de cinco mil metros de todos los tiempos, pero que le da para acabar en diploma olímpico, lejos de las medallas. No negaré que me emocioné con la secuencia.
– Mamá! ¿Ha ganado?
No dejo contestar a la madre.
– Claro que ha ganado! Ha quedado entre el negro y el japonés que era el propósito del juego y antes de llegar le ha dado un toque al noruego diciéndole “tú la llevas” con lo que ahora le dan la medalla de oro. NO TE JODE.
La madre me mira con inquina y aprovecho la ocasión.
– Sí, no me mires así. Eso era a lo que tenía que estar jugando tu hija, al pilla pilla y no estar viendo películas de adultos que no entiende.
– Qué grosero! Me dice meneando la cabeza de un lado a otro.
– Me cago en tu puta madre y en la de tu madre en escalera que si se hubiese dejado dar por culo por tu abuelo no tendría que estar discutiendo con ninguna de vosotras. Ahora si he sido grosero, así que haced el favor de terminar la película sin emitir ni un ruido o monto una pajarraca de cuidado.
La mama de la niña pide calma a sus familiares y le cambia el sitio a su hija haciendo una frontera donde ella es la primera línea ante el enemigo. Yo ordeno a los curiosos que dejaron de ver la película para observar el suceso que vuelvan a la normalidad.
Durante unos minutos el silencio reina el patio de butacas, el sonido de la película llega sin ninguna suciedad, claro, alto y limpio. Cuando de pronto de reojo veo como la niña coge el refresco y acerca su boca a la pajita de rigor. Pega dos tragos largos y en el tercero se agota el liquido y retumba el sonido hueco de la absorción desigual de aire y los restos de hielo. Giro la cabeza e incorporo el cuerpo para que el ángulo me deje mirar a los ojos de la niña directamente. Ella con la pajita en la boca aún me mira enarcando ambas cejas, lentamente y en silencio deposita el vaso acartonado en el huevo del reposabrazos y coge el brazo de su madre acercando su cara para esconderse de mi mirada. La madre se da cuenta de la acción y me mira. Yo desvío la mirada también y nos quedamos en silencio como si de un pulso se tratase. Gano yo.
– ¿Qué? Me espeta encogiendo los hombros.
– Que como tu hija vuelva a molestar…
– ¿Qué? Me reta.
– Tú sigue…
– ¿Que qué vas a hacer?
Abro la botella de agua y la vierto entera en sus piernas.
– ¿Alguna preguntita más?

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Navidad

Frío, luces y hacer cosas que no me apetecen una mierda. Para mi, esa es la definición que mejor describe este mes fatídico. Hoy es uno de esos días en los que me gustaría estar en casa, con la calefacción a tope, con una luz tenue en el salón mientras veo una película en mi televisión de cincuenta pulgadas y mis gatos acurrucados cerca de mis piernas. Pero no, estoy pasando frío, mientras que Maitane hace las compras de Navidad y la gente no para de hacerse fotos con los renos iluminados de Las Rozas Village. Voy por la derecha como marcan las normas de circulación automovilística, aunque un alto índice de gilipollas transgreden la armonía del flujo de paseantes cruzando y atropellando con sus infames carritos de bebés a quienes usamos la lógica en estas ocasiones. Hay de todo, guiris con bolsas de las marcas más caras a manos llenas, pijos de pura cepa con pelo engominado y cazadora de Belstaff color negro, sin olvidarnos de familias al completo ocupando todo el ancho de la calle y solo rompiendo la formación cuando una farola o árbol se topa en su camino, los demás nos podemos apartar, ellos son una hueste a los que les une el grupo sanguíneo. Tampoco es que esté deseando irme de aquí, ya que la segunda parte del partido será una cena programada con mis adorados suegros, pero eso será otra historia que no sé si en algún momento tendré ganas de relatar.
Maitane entra en la tienda que tras tres visitas en los últimos dos meses, parece ser la idónea donde comprarse el monedero que usará en los próximos diez años, es muy fetichista en ese sentido, puede tener treinta y siete pares de zapatos, botas, botines, sandalias, mocasines, zuecos, manoletinas, zapatillas o cangrejeras, pero monederos uno y que dure mucho tiempo. Decido esperar fuera, ya me conozco la tienda y no me apetece discutir sobre si la cremallera de las monedas debe ir por dentro o por fuera. Me acomodo en un banco de madera que está más frío que los candados del Puente de las Artes en París y comienzo a escudriñar la fauna que merodea en esta época por estos lares. Una mujer bajita con poncho y con mucho pelo en la cabeza se para frente del escaparate que queda a mis once, le falta la ocarina para parecer oriunda de Cuzco y llamar a la lluvia. Me distraigo por un momento con un chino en manga corta y pienso si está bien de la cabeza o es una cámara oculta, pero al volver a fijar la mirada en la mujer del poncho, observo que lleva zapato de tacón abierto, es decir, que no podría subir en el siete picos del parque de atracciones por un lado y por otro que debe tener los pies helados, me imagino cuando llegue a casa y le ponga los pies en los huevos a su marido pidiendo un poco de mambo el sábado sabadete. Una trémula visión que despojo de mi mente lo antes posible, y no me cuesta mucho trabajo al ver a lo lejos como dos familias con hijos en edad de hacer la comunión irrumpen en mi zona sensitiva, a la vista no desentonan con el estilismo de la zona, algo que corroboro cuando se acercan y escucho a una de ellas hacer el comentario más ácido de la tarde.
– Pascu, y si nos gastamos hoy todo el dinero… El de Podemos no nos lo podrá quitar, no?
– ¡¡¡CLARO QUE PODEMOS!!! Exclamo causando un silencio posterior que sólo la pieza del Lago de los Cisnes que emiten por megafonía rompe.
La mujer me mira con desdén y su marido y amigos la empujan para que siga andando. Les miro como un perro de caza esperando el movimiento en falso de su presa para justificar su mordisco. No me dan tal placer y siguen su camino en silencio, como el paso de la cofradía de los Marrajos en la Semana Santa cartagenera. Veo como en la lejanía uno de sus hijos se gira y me hace una peineta, amago levantarme y se protege en los cuerpos de sus progenitores.
– De tal palo, tal astilla. Me sugiere el hombre que se acaba de sentar a mi izquierda en el banco.
– Con el comentario de la madre, me horroriza pensar qué puede salir de ese proyecto de hombre. Le contesto girando mi cuerpo para entablar conversación con él.
Marrón era el color predominante de su indumentaria de la cabeza a los pies, solo manchada por una bufanda beige que asomaba tímidamente por el cuello de su abrigo, los zapatos impecables, daban buena cuenta que más que una rutina era una manía en su forma de ser.
– Hijo, te doy un consejo, deja de intentar castigar a las personas que no ven la vida como tú.
– ¿Castigar? Solo les hago ver el absurdo de sus existencias con esas maneras de pensar que usan como biblia de su conducta.
– Si algo he aprendido en la vida es a pasar. Como ahora mismo, llevo cuatro horas en este centro comercial ejerciendo de sherpa, mientras mi mujer no para de comprar regalos a mis nietos e hijos, a los cuales les molesta venir a vernos una vez al año por Navidad. El hombre parece pedir confesión antes del nacimiento del Niño Jesús.
– Pues que quiere que le diga, si me pasase a mi eso, les putearia esta noche a más no poder.
– Lo único que deseo esta noche, es cenar tranquilo y que me dejen contar alguna batallita de abuelo a mis nietos que son por los únicos que saco fuerzas para estar pasando frío un día como hoy.
– Señor, ahora le doy yo un consejo. Hágales que pasen la peor noche de su vida. Meta en el ajo a sus nietos, no hay nada como aliarse con alguien que desee tanto como uno fastidiar a otro. Se me ocurren varias ideas.
– Dime hijo, aunque no sé si llegaré a ejecutar alguna.
– La primera es sencilla, comunique nada más llegar que el lavavajillas está estropeado y a la hora de recoger aguante el envite hasta que alguno de sus hijos, nueras o yernos se les caiga la cara de vergüenza. Olvide comprar el pan y obligue al yerno que peor le caiga a que salga a la calle a comprar dos barras de pan. Y ésta es la mejor aunque no podrá ver su cara en el desenlace… Dejo en el aire mi última idea.
– Cuenta, cuenta… Responde el señor ávido de información.
– Seguro que los regalos los cambian, así que cambie los tickets regalo de unos a otros para que se den el paseo hasta aquí en balde y por último, algo que a mí me llena de satisfacción, compre una lata de comida para gatos y diga que es el pâté más caro de la tienda francesa del barrio de Salamanca que le recomendó su mejor amigo, ese que emigró a Francia en los cincuenta.
– Jajaja, parece divertido.
– Les tendrá ocupados mientras les cuenta a sus nietos la verdad de la encerrona, ellos al tener un abuelo tan enrollado exigirán a sus padres que les lleven más a verlos, que por otro lado es lo único que le importa a usted y a su mujer.
– Hijo, qué pena que no puedas estar para verlo.
– No se preocupe, es algo que hago cada cierto tiempo con mis suegros, de hecho, hoy me toca la actuación.
Maitane sale de la tienda por tercera vez en dos meses sin monedero, ser indecisa es una cosa, lo de mi mujer transciende ese calificativo. Me despido del señor y rápidamente mi sitio es ocupado por otros dos hombres cansados del suplicio que es para un hombre una tarde de compras con su mujer.
Paseamos un decámetro como mucho, un escaparate llama la atención de Maitane y esta vez no hay banco en la puerta, además necesito entrar en calor, que aunque lleve botas la mujer del poncho no es la única a la que se le han quedado los pies helados. La tienda está a rebosar, todos los artículos descolocados y mujeres pululando absortas en las prendas por doquier. Intento buscar un sitio aislado mientras mi mujer sacia sus necesidades consumistas y no lo encuentro, con lo que opto por mimetizarme con la plétora de marujas. Para entretenerme cojo el teléfono y actúo como si estuviese hablando con alguien.
– ¿A qué no sabes dónde estoy? Pregunto en voz alta a mi interlocutor imaginario. – En la tienda que trabaja Pili. Sigo con mi puesta en escena. – Sí, ésa, en la que cuando cierran la tienda extienden los abrigos en el almacén para echar el polvo con su novio.
Una de las marujas, con un abrigo blanco en la mano se me queda mirando copiándome la conversación. Continuo.
– Sí, que hija puta, utiliza los blancos porque dice que así no dejan marca sus fluidos sexuales.
La mujer niega con la cabeza con gesto de desaprobación y agarra a su amiga del brazo abandonando la tienda ipso facto. Dos menos, pienso mientras ocupo el sitio que han dejado para descansar mi espalda contra la pared. Termino mi llamada ficticia y compruebo el tiempo que hará mañana, me apetece darme una carrerita de seis millas por la Casa de Campo y me gustaría que fuese en seco, cuando de pronto siento como una puñalada en el tendón de Aquiles por mi retaguardia.
– Lo siento. Dice una mujer más que madura que piensa que por llevar tacones de diez centímetros aparenta menos edad que la que realmente tiene y sigue a lo suyo.
– ¡Joder! Sollozo – Si realmente lo sintiera me preguntaría si estoy bien o necesito atención médica.
– Vaya un flojo, si sólo te he pisado chico. Me rebate casi sin mirarme a la cara.
– Sabe una cosa, llamo su atención girándome totalmente hacia ella. – La gente confunde la venganza con que le hagan lo mismo que le han hecho a ella anteriormente. Le piso el pie izquierdo mirándole a los ojos, como cuando el malo de la película acuchilla al hijo del bueno al inicio de la misma. El alarido de la mujer hace girar la cabeza a todo ser viviente cercano, entre ellos a Maitane que me agarra del brazo y me saca de la tienda a trompicones mientras le grito a la mujer:
– Me llamo Talión por si me quiere denunciar…
Al ver mi estado de ansiedad después de los episodios acaecidos en tan mínimo lapso de tiempo, mi mujer me lleva a tomar una tila a la cafetería del mirador, cerca de donde hemos aparcado el coche.
– Antonio, nos tomamos una infusión y nos vamos a casa que hay que preparar la cena.
– Mejor un cubalibre para pasar mejor el trance.
La mirada de Maitane me indica que no tiene el horno para bollos y se va a hacer la cola sin pedirme que le acompañe, estamos en una de esas cafeterías modernas que pides la comanda, das tu nombre y te cobran antes de hacerte el café. En su ausencia me dedico a escuchar las conversaciones de alrededor pero enseguida me canso, miro el movil que deposité en la mesa nada más llegar y no consigo apaciguar mi sed de venganza.
– Hola Juan, ¿qué tal tío? ¿a qué no sabes dónde estoy? Te acuerdas en la cafetería que trabajaba Julio… Sí, ésa, donde escupían en los cafés de las marujas que no les daban propinas al cobrarlas. Después de un par de paridas más termino la llamada con varios ojos clavados en mi cara coincidiendo con la llegada de Maitane y sus infusiones.
– ¿Dejaste propina cariño? Le pregunto con rintintín…
– Claro, ya sabes que si no, nos escupen en las tazas. Me guiña un ojo.
Todos a nuestro alrededor miran con recelo sus tazas.
– ¿No se nos olvida algo para esta noche?
– No Antonio, he comprado todo esta mañana. Me responde segura.
– Joder, latitas para los gatos.
– ¡Antonio!
– Cariño, que para los gatos también es una noche especial y se lo merecen.
– Espero que sea para los gatos.
– ¿Por quién me tomas? Para tus padres tengo un pâté de primera que compré en la tienda del barrio de Salamanca del amigo de mi padre que emigró a Francia en los cincuenta.

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Invertidos

Después de un largo día festivo, llegamos a casa con ganas de vaguear. Con la tripa llena debido al lechazo ingerido a mediodía lo único que me entra es un yogur natural y un litro de agua. Maitane se prepara la cena, resuelta a hacer las tres comidas importantes del día como Dios manda. Ponemos la televisión y aun siendo domingo no echan gran cosa, dudamos entre poner una película, serie o cualquier programa de entretenimiento que ocupe ese par de horas previos al momento de dormitar. Elegimos esta última opción y a una hora más que razonable nos disponemos a ejecutar las tareas que preceden al descanso nocturno. Fregar la loza, recoger las mierdas de los gatos y cepillarnos los dientes, yo me escaqueo de la segunda tarea por haber sido voluntario de la primera y gestiono el turno del baño a mi conveniencia con la idea de leer un rato antes que Maitane ordene el apagado de luces y el silencio absoluto.
Pero algo perturba mi concentración cuando aún sigo lavándome los dientes, unas risas de elevada frecuencia en la habitación, ¡pardiez! reunión clandestina en la casa de mis vecinos, caigo en la cuenta que mañana es fiesta y puede que no tengan ninguna prisa.
– Cariño, tenemos jarana. Los vecinos tienen visita y están viendo el debate de Gran Hermano. Mi tono es de preocupación aunque mañana no tenga que madrugar.
– No jodas. Que el debate no acaba hasta las dos de la madrugada. Me da el dato que no quería oír.
– Pues habrá que llamarles la atención.
– Antonio, están en su casa. No tienen la culpa que el constructor hiciese las paredes de papel.
– Ni yo que estas locas no tengan otra cosa mejor que hacer a la una de la madrugada. Como en cinco minutos no paren les meto tres puñetazos en la pared como me llamo Antonio.
– Por mi no te preocupes, me voy al salón a dormir.
A Maitane no le gusta la idea, nuestros adorables vecinos son una pareja más o menos de nuestra edad, parecen hermanos pero no lo son. Son agradables en las zonas comunes y respetuosos al máximo. No entiendo cómo actúan hoy de esta manera. Por las voces deben de haber invitado a otra pareja de locas para ver uno de los últimos debates de Gran Hermano y se han debido de pasar con la cerveza o lo que quieran que beban cuatro gays un domingo para ver tan vil programa.
– Cariño, ya es la una de la mañana.
“Plom, plom, plom”
Los tres golpes suenan como tres aldabonazos en una puerta de un Monasterio, consigo mi objetivo y las voces se mitigan hasta el silencio, sólo se oye el ruido que sale de la televisión y que cuesta oír si no es por el esfuerzo que hago para saber cómo ha caído mi riña entre mis vecinos. Cuando acerco la oreja a la pared para confirmar el éxito de mi acción.
“Plom, plom, plom”
– ¡Me cago en su puta madre! Me devuelven los golpes, qué se creen Policarpio Díaz.
Los voces renacen y vuelven a su volumen inicial, aderezadas con risas y comentarios alusivos a mi acción.
– No estamos haciendo ruido, sólo estamos charlando, vaya un soso de vecino que tenéis.
– Lucas, vamos a bajar un poco el tono.
– Para eso ya sabes lo que hay que hacer, jijiji!
– ¡Me cago en su puta madre! Repito para mis adentros. Maitane, que van a echar un polvo para bajar un tono…
– Si se callan… Como si están toda la noche de bacanal.
– Ni que follasen en mute estos hijos de puta. Una cosa te digo. Les doy cinco minutos, si no remiten su actitud me persono en su puerta. Decidido, me levanto a cambiar el agua a los garbanzos y tomarme una melatonina.
Maitane sigue con sus quehaceres previos a irse a dormir, todavía le queda un rato, yo me muero de cansancio y vuelvo a la cama. Parece que no se oye nada, pero es una quimera, han debido rellenar lo que cojones estén bebiendo y vuelven después del descanso para los anuncios. El tono no ha bajado, de hecho, ha subido como la cantidad de alcohol que llevan encima.
– Cariño, salgo a hablar con ellos. Me enfundo el forro polar que uso para las misiones del jardín.
– No seas…
Abro la puerta y recorro el pasillo que desemboca en su puerta.
“Ding, Dong”
Bajan el sonido de la televisión y paran sus carcajadas. Pasan diez segundos y nadie abre.
“Ding, Dong”
Insisto.
– Hola! Me recibe el novio del dueño de la casa.
– Buenas noches, sé que estáis en vuestra casa y que mañana es fiesta. Pero Maitane madruga y no podemos dormir.
– Tú lo has dicho, mañana es fiesta y estamos en nuestra casa. Contesta resuelto.
– Bueno, tu casa no… Que vives por la jeta o por el culo según se mire.
– Homófobo. Me reprende y cierra la puerta en mis narices.
– Qué dices muchacho, yo no te odio porque seas gay. Te odio porque eres un maleducado. Grito desde el otro lado.
Vuelvo a casa peor que me fui, enfurruñado y con ganas de pelea.
– ¿Qué te han dicho? Me pregunta Maitane camino del baño sin mirarme tan siquiera.
– Que están en su casa y que mañana es fiesta, vamos, información en exclusiva. Me cago en sus muertos más recientes.
– Cariño es tontería, duermo en el salón y ya está.
Me despojo del abrigo y me acuesto con la esperanza que haya terminado el programa de Jordi, pero no corro esa suerte.
– Jajaja, mi favorita es Paula, ¿mándanos un esemese para que gane? Le oigo como si ese hijo de Belcebú estuviese en la cama conmigo.
– Jajaja, a mi me gusta el primo, qué cuadraditos tiene el amigo, me lo triscaba sin ningún miramiento.
Confirmo que la otra pareja no es pareja o que hacen de la promiscuidad su estilo de vida.
Se acabó la tontería. Me levanto, me enfundo de nuevo el abrigo de las misiones y agarro las llaves del trastero.
– ¿Dónde vas Antonio? Me pregunta agitada Maitane al comprobar mi estado de excitación.
– A cobrarme la cuenta con intereses.
Salgo de casa y bajo las escaleras hacia las catacumbas de la comunidad saltando los escalones de tres en tres. Recorro el lúgubre pasillo que conduce a la puerta número catorce con el chisporroteo de las bombillas frías al golpe de calor de la corriente, abro la puerta y fuerzo la misma hacia dentro empujando parte del contenido del interior que hace de tope. Busco entre las retales de las cortinas de mi anterior casa y la caja de cintas con los títulos escritos a Rotring negro, seguro que el candado de la puerta de contadores se parte a la primera con las cizallas que me pedí para reyes el año pasado, al final ser autodidacta y hacer una gatera por la verja del jardín servirá para algo más que para el esparcimiento de nuestra familia gatuna.
Salgo decidido hacia el cuarto de la luz comunitario y cual es mi sorpresa que ya no hay candado, han puesto dos FAC, uno abajo y otro arriba de la cerradura principal, ahora es cuando me arrepiento de no asistir a las reuniones de vecinos. Me quedo pensativo y pronto me reactiva el frío polar que me abofetea la cara en forma de brisa nocturna. Vuelvo por el mismo pasillo, con el mismo chisporreteo y las mismas bombillas intermitentes.
– Cáspita! Cómo no se me ocurrió antes.
Abro ansioso de nuevo a empujones la puerta del trastero, busco animado por la idea; cable, destornillador, esparadrapo, cúter y una bombilla; poco tardo en encontrar todo en la caja de herramientas que me regaló mi padre cuando me hice hombre y me fui de casa. Cierro e inicio el camino a casa. En el descansillo de la escalera que sube a nuestra planta me paro un minuto, coloco adrede el cable rojo en el positivo y el azul en el negativo de la bombilla, solo necesito engancharlo a un cable de la casa de los invertidos y nunca mejor dicho, invertidos los cables liaré una pajarraca de tres pares de cojones o de seis huevos, según se cuente. Solo se me ocurre el del timbre de la puerta; supongo, que al saltar los plomos intentarán encender de nuevo desde dentro y al ver que no funciona saldrán a comprobar si hay luz en la comunidad y puede que vean el artefacto que provoca tal desaguisado. Me rio como el doctor Moriarty, la maceta junto a su puerta me servirá para esconder el entramado, solo necesito un poco de esparadrapo y el suficiente tiempo para volver corriendo a casa sin ser visto. Dudo mucho que cuatro seguidores de Gran Hermano conecten las secuencias de acontecimientos que elaboré en mi cabeza como solución al problema de su falta de corriente en menos tiempo que mi sprint a silencioso de diez metros hasta casa. Repaso el plan de nuevo y no hay fisuras; luces, cámara y acción. Aseguro mi huida dejando mi puerta de casa abierta, alerto a Maitane para que no haga ruido y no la cierre, en menos de cuarenta segundos tengo todo preparado, solo falta conectar el cable rojo a la toma de tierra, recolocar el cajetín del timbre y poner pies en polvorosa. Respiro hondo. De repente oigo una voz cercana que me hace quedarme inmóvil como un jugador de escondite inglés.
– Parece que tu vecino el triste ha desistido de tocarnos los cojones. Dice uno de los no habituales habitantes de la casa mientras se oye el caer de unos hielos en una copa.
– Se habrá dormido ya el cansino. Contestan a lo lejos.
– Me cago en la madre que los parió cuarenta millones de veces, ya le gustaría que le acariciase los testículos. Musito entre dientes.
Se vuelve al salón y se escucha el runrún lineal anterior al sobresalto. Ahora es el momento… ¡Claksxxx! ¡Adiós la luz!
A oscuras vuelvo hacia mi morada con el destornillador entre los dientes y pegado a la pared de gotelé para llegar lo antes posible, cierro la puerta con cautela y rápidamente corro a la habitación.
La televisión como es normal dejó de funcionar y el avispero comienza a bullir. Tras cinco minutos de alboroto y varias idas y venidas por la casa y el pasillo de fuera, la visita se marcha y se despiden alicaídos. La paz vuelve a reinar en nuestra habitación y aunque me regocijo en mi obra, mis párpados no tardan en pesar como losas. Otra crisis solucionada por la Administración Giménez, Maitane dormida, yo satisfecho y los vecinos sin ver el debate y encendiendo velas para cepillarse los dientes con el cepillo manual ; cuando de pronto el ruido de unos gemidos se filtran por las paredes.
– Maitane despierta.
– Qué quieres ahora, ¡estaba dormida!
– Lo oyes, lo ves como no follaban en mute. Las velas les han entonado pienso para mis adentros. Todo plan tiene un fallo y éste fue el mío.
– ¿Y qué? ¿También te molesta?
– Pues eso no, pero sus contradicciones sí.
– ¿De qué hablas ahora? Antonio.
– Pues que nos dicen que les dan alergia los pelos de gato, pero las pollas por el culo no.

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Atraco

El peso de mi mochila no me permite olvidar el porqué de mi madrugón. Hoy es fiesta en Madrid y aprovecho para liquidar una deuda a punto de vencer, para ello me he movilizado a una de las ciudades dormitorio de la capital. La falta de pago de la deuda no conllevaría consecuencias irreparables, de hecho dudo mucho que tuviese consecuencias, pero deseo cerrar este capítulo de mi vida lo antes posible. Hace ya tres meses de mi infracción de aparcamiento y después de varios intentos para detener la ejecución de la sanción sin éxito, me notifican la cuantía de la misma. Treinta euros ahora o sesenta más tarde, debido a mi aversión al riesgo, no dudo en pagar mi descuido dentro del plazo de la reducción. En el reverso de la notificación vienen los bancos en los que puedo hacer efectivo el pago, BBVA es uno de ellos, y aquí estoy, delante de una sucursal cediendo el paso a una mujer que llegó a la par que yo al umbral de la puerta de entrada.
– Pase por favor, no tengo prisa.
– Muchas gracias caballero.
La mujer pasa el detector de metales sin ningún contratiempo. Yo no tengo la misma suerte.
– Señor!! Deje las llaves y los objetos de metal en la consigna!!! Me grita desde dentro de la pecera la interventora.
– No puedo, se me caerían los pantalones… Contesto con guasa.
– ¿Y la mochila? Insiste la empleada de banca.
A regañadientes acepto su petición y paso por fin la aduana. Delante de mí, además de la señora a la que cedí el paso, se encuentra una pareja de recién casados haciendo los trámites de cancelación del préstamo con el que sufragaron su boda, y en la otra caja un anciano actualizando su cartilla. No pensaba que todavía existiese eso, pero parece ser que sí.
Observo el entorno mientras espero mi turno, me fijo en carteles publicitarios donde las personas son felices; préstamos, créditos, hipotecas, todos irradian felicidad al contratar esos servicios. Yo estaría jodido si tuviese que pedir dinero a un banco, entre comisiones e intereses se me quitarían las ganas de sonreír. Mi atención se centra ahora en los empleados de la agencia, dos cajeros, una interventora, un puesto vacío, subdirector y director. Debe tener negocio el centro para soportar tal despliegue de medios humanos o inhumanos, según se mire. Los chicos encorbatados y las chicas con las típicas chaquetas caseras que dejas en el trabajo para cuando tu sensación térmica no es la misma que la de tus compañeros. Rondan todos entre los treinta y los cuarenta, el director al que se le oye afanado en una conversación, puede que ya no cumpla los cuarenta, pero los demás parecen un grupo de opusdeistas buscando nuevos adeptos.
Vuelvo de la desconexión mental que me produce el ejercicio de análisis del entorno, una de las cajeras abre la puerta a un joven al que se le cae algo nada mas entrar en el cubiculo de extranjería, la empleada le abre la segunda puerta de manera automática, cuando de pronto un segundo hombre aparece de la nada e irrumpe junto al primero en la sala de la sucursal con la cara tapada. El primero de ellos hace blandir un cuchillo de respetuosas proporciones y pronto agarra a la señora que me precede en la cola por el cuello, mientras que el segundo apunta a los empleados con un arma de fuego que alcanzo a ver que no es de juguete ya que no veo el círculo rojo en el final del cañón.
– ¡Quieto todo el mundo! Grita el del cuchillo. El hijo de Tejero ha vuelto a la acción pienso mientras doy dos pasos para atrás.
– Esto puede durar dos minutos y que no vuelvan a vernos, o les podemos hacer pasar el peor día de su vida.
– Dos minutos, dos minutos! Musito con la espalda ya pegada a la pared.
– Usted, el del bigote, por hablar, coja esta bolsa y llénela con los billetes que le va a dar esta amable señorita. Señala a la interventora con el cuchillo.
Mientras me acerco a su posición hago que me tropiezo y le piso un pie con todas mis ganas. Acerté en el callo dolorido porque su alarido hace girar la cabeza a su compinche y éste se emplea en empujarme sin mucha delicadeza. El atracador de la pistola ya ha concentrado a todos los empleados y clientes en la zona de la impresora. Solo la interventora está en su puesto y yo junto a ella esperando instrucciones.
– ¡Abre la caja fuerte ahora!. Ordena el pistolero al director mientras apunta a la interventora.
El director se excusa diciendo que la caja tiene un retardo de cinco minutos y que aunque dé la orden ahora, hasta que no transcurran esos minutos no se podrá acceder.
– Señor delincuente, – pido la palabra -, hace ya tiempo que el subdirector tocó el botón de auxilio, con lo que será mejor que coja lo que esté cerca y salgan rápido antes que lleguen los Minotauros.
– Eso que dice no es cierto, ¿¡verdad!? Apunta esta vez al subdirector que tiembla como un flan.
– No tenemos timbre, se lo está inventando.
– Será mentiroso el tío, pero si ha pisado esa baldosa que tiene holgura. Mira cómo se tambalea… Intento acercarme a su sitio pero me agarran del cuello de la camisa antes de arrancar.
– ¡Vale ya! Grita el del cuchillo. – Bigotes, deja de tocarme los cojones y saca tu carnet de identidad.
Me quedo de piedra, pero reacciono a tiempo.
– Lo tengo caducado, ¿te vale el de conducir?
– ¡Qué lo saques joder! Y todo el dinero que lleves en la cartera.
Hago caso al atracador, no puedo tensar más la cuerda, menos mal que aún conservo la dirección de mi primera vivienda de soltero y hace años que no vivo allí.
El malhechor se dirige a la interventora y acerca el cuchillo al cuello de la señora que usa de escudo.
– Saca todo el dinero que tenga este hombre en su cuenta o le haga un lifting a la abuela.
La empleada mira de reojo al director, perpleja por el gol que le han colado, el director asiente levemente dando su beneplácito a la operación.
– Mil trescientos veintisiete euros con quince céntimos, ¿quiere un sobre? Parece que vuelva a la rutina de su puesto.
– Mete el dinero en la bolsa… Antonio! Me insta después de hacer un esfuerzo con los ojos para leer mi nombre en el carnet.
Obedezco como un bedel ante su encargado.
– Ya sabéis, alza la voz el de la pistola. – Sacad todos el deneí y el dinero que llevéis y dádselos a Antonio.
¡Joder! Me tienen de machaca, lo que me faltaba.
La señora no atina a sacar el monedero de su bolso, aunque con un cuchillo de ese calibre en el cuello tiene excusa.
– Vete diciendo los nombres y tú sacando todo lo que tengan. Ordena mi nuevo jefe.
– Amparo Torres Gómez.
– Doscientos doce euros con siete céntimos. Esta vez la cajera no ofrece el sobre.
– Ostias Amparo, en qué te gastas el sueldo, que estamos a primeros de mes. Hago el chascarrillo con sorna.
– Tú a lo tuyo, bigotes.
– Raúl Fernández Alba.
– Cuatro mil cuatrocientos setenta y dos euros con cuarenta y cinco céntimos de euro.
Vaya braguetazo que ha dado Amparito, ya sabemos quien viene a cancelar el préstamo de la boda. Sigo con la colecta.
– Leopoldo Arnaiz Rebollo.
– Setecientos cincuenta euros.
Solo falta la mujer que aprieta el bolso contra su pecho y extiende el brazo tembloroso para darme su carnet.
– Marina Hermoso Conejo.
– No aparece nadie con ese nombre.
Caras largas en los delincuentes
– Perdón, María Hernández Cornejo.
– Mil trece euros con noventa y siete céntimos de euro.
– Cierra la bolsa y dámela.
Empujan a la señora y se van por donde han venido sin apoyar la barbilla sobre sus hombros.

La sucursal se queda en silencio durante unos segundos, las caras vuelven poco a poco a su tono natural después de la obligada palidez que causó el atraco vivido durante esos dos minutos eternos. A lo lejos se comienzan a oír las sirenas de la policía. Menos mal que se han ido ya, porque de improviso lo que se dice de improviso no les hubiesen pillado. El director sale a su encuentro para facilitarles la tarea. Entran no menos de ocho agentes de la ley y comienzan a preguntarnos a diestro y siniestro. Yo me aparto a un rincón para que no me mareen con miles de preguntas alegando que sufro una crisis de ansiedad y pido asistencia psicológica. Todos los que sufrimos la agresión menos yo, empiezan a dar su versión de los hechos. Oigo a la señora que fue amenazada con el cuchillo, decir que uno de ellos tenía un callo en el pie izquierdo ya que se quejó mucho al pisarle sin querer, cómo se da importancia la vieja y me quita el honor de la acción. Entre tanto aparece el encargado de seguridad del banco en la escena, un minuto más tarde que la policía, buena reacción del departamento, deberá llevarse buen bonus el apagafuegos, se presenta al que está al mando del operativo policial y a los empleados de su banco como señor Vinagre, aunque algunos ya le conocían. Observo el esperpento de la situación cuando de pronto suena un timbre, la caja fuerte abre su puerta puntual a la orden de hace cinco minutos. Todos se callan, sabiendo que si llegan a ser un poco más avaros los atracadores hubiésemos sido protagonistas de un secuestro. Me levanto y me dirijo al director y al señor Vinagre.
– Disculpen, ya que se ha abierto la caja fuerte me gustaría que me devolviesen el dinero que se ha retirado de mi cuenta hace unos minutos y no me han entregado aún.
El director se queda perplejo y comenta en voz alta a todos lo ocurrido para no tener que hacerlo varias veces a cada interesado.
– … Con lo que no podemos devolverle el dinero ya que, a decir verdad, el dinero se ha sacado con su deneí y estando usted presente. Termina su alegato el que al parecer heredará la empresa cuando Francisco González la palme.
– Se le olvida un detalle. Le digo mientras fijo mi mirada en la suya y media sonrisa amanece en mi boca.
– Dígame! Resuelve seguro de su explicación.
– Yo no he firmado ningún reintegro con lo que técnicamente no he hecho ninguna retirada en efectivo. El rictus del director se vuelve del color níveo que tenía cuando los dos bandidos estaban presentes.
Interviene el señor Vinagre echando un capote al director a sabiendas que tengo todas las de ganar:
– Caballero, no dude que su dinero le será entregado cuando se restablezca la operativa.
– ¿Y cuando será eso? Pregunto como el que no quiere la cosa.
– Esperemos que en breve.
– Un último favor le pido y le aseguro que no ejerceré ninguna acción legal contra el amago de estafa que el director ha querido hacerme hace un momento.
– Por supuesto, ¿en qué le podemos ayudar?
– Quisiera pagar una multa que me pusieron los primos de los uniformados y que vence hoy. Si no lo hago tendré que pagar el doble y con el día que llevo me gustaría que no fuese así.
– No hay problema, pero no lo puede hacer aquí, recuerde que su cuenta está a cero de momento y supongo que el dinero que llevase en la cartera se lo robaron los maleantes…
– Bien hilado querido Vinagre. El tipo era bueno… Pero yo mejor. – Por suerte el dinero para el pago de la multa lo llevaba en la mochila que dejé en consigna y que no me dejaron pasar.
El director entró en la conversación con ganas de protagonismo.
– Lo podríamos hacer, pero todos los empleados están declarando y se puede dilatar.
– Pero usted está libre, y seguro que antes de cocinero seria fraile, así que si me disculpan voy a por el dinero y me hace el tramite si es tan amable.
Paso el control de metales a contracorriente, saco la llave de mi bolsillo y asgo la pesada mochila. Cruzo de nuevo el control que ya no emite ninguna alarma y saco la bolsa con las seiscientas monedas de cinco céntimos para sumar los treinta euros de la multa.
– Están todas, pero debe contarlas para que no le descuadre la caja, que hoy ha habido mucho movimiento sin justificar.
Mientras cuenta y recuenta las monedas, se abre una puerta al fondo de la oficina y aparece un hombre vestido de negro, sexagenario y con el AS debajo del brazo. El silencio retorna a la sucursal hasta que lo rompe el señor Vinagre.
– ¿Dónde cojones estabas José Luis?
– Pues cagando, ¿dónde quieres que esté?

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